Amanece en Ndangane (Senegal), una pequeña y atractiva aldea situada a orillas del río Saloum. Está en una zona conocida por su vibrante vida turística. Sin embargo, más allá del espejismo turístico, la cruel realidad, para la gran mayoría de los jóvenes, es muy compleja ya que el trabajo es estacional y mal remunerado. A medida que el turismo en Ndangane fluctúa por la estacionalidad, la inestabilidad laboral se acentúa y deja a muchos de estos jóvenes en una situación precaria e indigna.
En Syunjk, aldea anclada en la frontera que separa Armenia de Azerbaiyán, el tiempo parece haberse detenido entre las cicatrices de la guerra, el abandono social y el miedo racional a que el conflicto reaparezca de nuevo. Miedo a que se repitan las crudas escenas de muerte, de pérdida de tierras y el éxodo masivo de personas armenias, que aún late en la memoria colectiva.
“Mi hijo es joven y, perfectamente, puede trabajar con nosotros por la noche y al día siguiente acudir al colegio. En nuestra familia siempre nos ha hecho falta dinero. Yo empecé a pescar a los 10 años y nunca me ha pasado nada”. Comenta Peter, capitán de la barca BELIEVE, padre de Kessah Amevor de 11 años y residente en la región de Ada (Ghana).
Más de treinta años después, la planta nuclear de Chernobyl y la extensa área contaminada que la rodea (exclusión zone) ha quedado congelada en el tiempo, tal y como todo se quedó aquel fatídico 26 de abril de 1986.
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