Estación de Shinjuku, son las cinco y media de la mañana y amanece en Tokyo. Millones de personas andan con paso firme sin tropezarse con nadie con un solo objetivo: subir dentro del vagón de tren correspondiente para no llegar tarde a la oficina.

Unos de los grandes protagonistas de esta estampa diaria son los salaryman japoneses, ejecutivos (término únicamente masculino, ya que en Japón a las mujeres se les llama Office Ladies) de una empresa, considerados generalmente de bajo rango.

En la década de los 80, la vida del salaryman era una buena aspiración para los jóvenes del país, como en otros lugares del mundo podría serlo convertirse en funcionario: un trabajo estable tras terminar la universidad, generalmente para toda la vida, a cambio de una entrega sin límites a la empresa y una buena relación con sus contactos profesionales para los momentos de ocio.

Sin embargo, todo cambió a raíz del estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera a principios de los años 90. La crisis trajo tras de si consecuencias tales como la congelación salarial o el fin del empleo estable y duradero. La sociedad japonesa empezaba a acostumbrarse a tartar nuevos términos como presión laboral, estrés, preocupaciones o ataques de nervios por exceso de trabajo. A todo esto, se sumaban problemas asiduos como el alcoholismo, el agotamiento, o la vida solitaria de estos trabajadores que pasaban los días entre el trabajo, izakayas (tabernas típicas japonesas) o algún prostíbulo escondido de la ciudad. Una situación que en algunos casos terminaba desembocando en lo que se conoce como karoshi, la muerte de los empleados por exceso de trabajo. En 2015, por ejemplo, se registraron más de 900 casos de karoshi en Japón.

En los últimos años, debido al aumento de los casos de Karoshi, ese “exceso de trabajo” se ha convertido en un problema global en Japón. Hoy en día, la clase trabajadora japonesa sigue en lucha por sus derechos y el gobierno se encuentra en plena revisión de las leyes laborales actuales. Una mayor flexibilidad horaria, ayudas para las familias con necesidad de desplazamiento laboral o el control de las horas extras en los trabajos son algunas de las medidas que se están tomando para poder acabar con esta lacra social.

Los cambios en el sistema laboral japonés suceden muy lentos y mientras estas medidas no empiecen a surtir efecto, el salaryman seguirá levantándose a las cinco de la mañana, continuará trabajando una media de once horas diarias, con sus horas extras incluidas y cuando acabe su jornada laboral asistirá con sus compañeros a la izakaya en busca de alcohol y ocio. Después de todo esto y sólo si queda un hueco libre, llegará a casa y podrá ver por primera vez a su mujer y sus hijos.

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